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lunes, 2 de agosto de 2010

Im-paciencia.

Esto es frío. Esto es espera. Esto es alcohol, esperanza, gritos, apagones, verte aparecer, palabras, roces, muchísimas horas. Todo esto es como un puente colgante increíblemente largo y viejo; y no sé todavía si he llegado a la mitad, si estoy a punto de llegar al otro lado o si ya me caído. Esto es lento, constante y no lleva a ninguna parte. Esto crece y decrece por momentos y me está volviendo loca. Todo esto es como humo. Tan efímero, tan contaminante, tan gris y tan estimulante como el humo.

lunes, 19 de julio de 2010

La famosa decepción.

Las personas, como los zapatos; de todos los colores, para diferentes ocasiones y para todos los gustos. Cuando pasamos cerca de un escaparate de zapatería nos quedamos detenidos contemplando lo que hay tras el cristal, cuando paseamos por la calle nos fijamos en el resto de los peatones. En ambos casos sacamos conclusiones, valoramos y de forma inmediata e inevitable creamos en nuestra mente una especie de lista de prioridades, virtudes y ventajas que saltan a la vista. Es entonces cuando miramos el precio o las circunstancias para desear a una persona o incluso a un magnífico par de zapatos. Si además de ser bonitos, son baratos y son buenos, no nos lo pensamos dos veces. Después de barajar posibilidades por lo general poco tiempo, nos hacemos con ellos. Los lucimos, los gastamos, nos sentimos orgullosos al estrenarlos y con el tiempo más cómodos. Nos hacen ganar esos centímetros que nos faltan, ese suplemento de ego y bienestar que necesitamos.

Nos sentimos cada vez más a gusto con ellos. Nos engañan y nos hacen creer que siempre seremos así de bonitos, que siempre estaremos así de bien No somos más que ilusos que seguimos caminando por la calle día tras día con ellos puestos hasta que de repente se rompen y caemos al suelo sin entender nada.
Y así nos dejan, descalzos y doloridos ante el mundo y sin ganas de poner zapatos nunca más.
Solo nos quedan entonces dos opciones: tirarlos a la basura o llevarlos al zapatero. Lo último sale muy caro y probablemente nos vuelvan a romper otra vez.
Así que es mejor caminar descalzo (eso sí, con paso firme) yendo sólo hacia donde realmente nosotros queremos y sin dejar que nada ni nadie (ni un hombre ni unos zapatos) nos desvíe de nuestro camino, y mucho menos nos haga caer.

viernes, 16 de julio de 2010

Pájaros en la cabeza.

El ser humano tiene alas, pero nadie quiere reconocerlo. Desde pequeños sentimos frío. Y no me refiero a este frío que te hace tiritar en las noches de invierno y te obliga a vestir abrigos, sino al miedo a perderlo todo, a no ser nada. Ser inferior al resto es una idea aterradora para nosotros, y como la mayoría siempre encontraremos a alguien mejor que nosotros en cualquier cosa que nos propongamos hacer, buscamos otras salidas para sentirnos bien con nosotros mismos, para dejar de tener frío, para encontrar cobijo. Me refiero a "soluciones" de todo tipo: comprarnos un coche, pegar a nuestros hijos, casarnos con alguien que no amamos, estudiar una carrera que no nos guste.. y así seguiría enumerando casi todas las acciones mínimamente relevantes de nuestras vidas.
Es verano, existe la música y conocemos frases como "para gustos colores" o "nadie es mejor que nadie".
Mi propósito vacacional es quitarme de las alas todos aquellos prejuicios que algún día se hicieron parte de mí, darme una tregua, no perder jamás la esperanza, seguir sin creer en Dios y empezar a creer en mí; exprimir cada segundo del reloj para sonreir o al menos no llorar.

Es tiempo de echar a volar. Aunque no haya frío, necesito y tengo (por suerte) cobijo humano.